En marzo de 2003 publicamos en las páginas de “Envío” un texto titulado “Los nombres de la Rosa”. En enero de 2004 recibí por ese escrito el Segundo Premio a la Excelencia del Periodismo “Pedro Joaquín Chamorro Cardenal”. Aquella Rosa ha vuelto a ser centro de atención en Nicaragua. Y de nuevo tenemos que hablar de ella.
María López Vigil
Rosa ya no es aquella niña de nueve años, embarazada en Costa Rica tras ser violada y en riesgo de morir a causa de su temprana gestación, de la que escribimos en 2003. Tiene ahora trece años y sigue siendo, como entonces, espontánea, inteligente.
Después de regresar a su vida diaria, ya fuera de cámaras y polémicas, Rosa volvió a ser noticia en julio de este 2007 cuando supimos que había quedado embarazada de nuevo, que había dado a luz a una niña en el último mes de 2005 y que quien engendró a esa criatura era Francisco, su padre adoptivo, aquel mismo campesino que en 2003 se nos presentó como su padre biológico y que recorrió con ella y con la madre de Rosa el difícil camino institucional e ideológico hasta lograr que le hicieran a la niña el aborto terapéutico que le salvó la vida.
Hace ya casi cinco años hablamos en estas páginas de los nombres de Rosa. Para, al darle identidad, mostrar que ella representaba a otras muchísimas niñas nicaragüenses, también pobres, emigrantes, abusadas sexualmente, víctimas y sobrevivientes de ese abuso, con capacidad de opinión y de decisión... A Rosa la identificamos por sus muchos nombres en aquel primer episodio de su corta vida. Ahora nos toca leer en este segundo evento de su historia, el contexto social, cultural y político en que debemos leer los últimos hechos de su vida. Nos toca ponerle algunos de los apellidos que lleva, los que derivan del reino en el que le tocó vivir.
POR VARIAS PUERTAS HEMOS ENTRADO
Campañas en los medios de comunicación, talleres, conferencias, investigaciones, reuniones, escritos y, sobre todo, hablar francamente de algo de lo que no se hablaba, nos han introducido por varias puertas a este problema tan grave, tan común y siempre tan aterrador. Prácticamente todos los días los medios nos narran un caso. Quien escucha y lee atentamente descubre pautas. Y aprende. Quien lee y oye superficialmente tal vez se acostumbra a mirar con rutina estas tragedias. Quienes informan de estos casos en formatos sensacionalistas del tipo 22/22 deseducan y hasta promueven el delito. Quienes escuchan con sensibilidad a los periodistas que tiñen estas noticias de morbo se indignan. Indignarse es también una forma de educarse. En cualquier caso, cada vez tenemos más información. Y ése es siempre un necesario primer paso.
HAY TANTO QUE APRENDER EN ESTE REINO
En este 2007, Rosa nos lleva de nuevo al aula a reflexionar sobre el abuso sexual. Cuando acudo a la sicóloga Lorna Norori, experta por haber estado una docena de años atendiendo una variada gama de casos, lo que le ha permitido descubrir pautas, detectar, conocer, enseñar, me responde: “No, no hay nadie experto en abuso sexual, de cada caso aprendemos algo más”.
Por eso, aunque el contexto nacional es de escuela, debemos reconocer que, como alumnos y alumnas, no hemos pasado aún de los primeros grados y tenemos aún muchas asignaturas pendientes, muchas ignorancias acumuladas. Conscientes de lo que nos falta y precisamente unas semanas antes de que conociéramos este nuevo capítulo de la historia de Rosa, se conformó en Nicaragua un Movimiento contra el Abuso Sexual, nueva iniciativa que agrupa a varias organizaciones de la sociedad que ya venían trabajando en esto y que ahora se han reunido para insistir, con nuevo impulso, en un esfuerzo integral para cambiar la cultura que favorece que esto pase y que pase tan a menudo.
UN HOMBRE EN EL REINO DE LOS HOMBRES
Qué había sido de la vida de Rosa después de que en enero-febrero de 2003 ocupó primeras planas en medios costarricenses y nicaragüenses fue del conocimiento público en julio de 2007 cuando su madre María denunció a Francisco Fletes, su marido, por la violación de su hija.
En las varias declaraciones -escritas y televisadas- que, desde que andaba prófugo de la justicia y ya apresado el 17 de agosto, hizo Francisco, padre adoptivo de Rosa-que no era su padre biológico sino su padrastro lo declaró él mismo hasta ahora-, descubrimos a un auténtico “señor” de este reino, capaz de enseñarnos en pocas palabras directas la “naturalización” de la cultura sexual que en el reino de los hombres conduce al incesto en el hogar.
EL CUERPO DE LAS MUJERES EN EL REINO MACHISTA
En el país legal, a los 13 años aún se es una niña, una “menor de edad”, esa expresión que hoy ya va cayendo en desuso. Los derechos y los deberes de esa niña los define su edad legal. Pero en el país real, en el país en donde viven los Franciscos del reino de los hombres, basta con que el cuerpo de una niña comience a transformarse en el de una mujer, basta que en el pecho de una niña empiecen a despuntar sus senos -y esto comienza a suceder tan temprano como a los ocho-nueve años- para que sea vista por cualquier hombre como una presa apetecible. Y para que esa niña tienda a verse así: apetecida.
Interpretar esta visión que los hombres tienen sobre las niñas que empiezan a tener cuerpo de mujer como expresión de la cultura de la pobreza que tan bien representa Francisco, de su falta de educación, de su ruralidad, sería un error. La cultura del consumo, que busca atraparnos a todos, también tiene mucho que ver en esto. Según la destacada educadora chilena, María Victoria Peralta, los primeros seis años de la vida de cualquier ser humano son la etapa “más de niño que tendrá a lo largo de toda su vida”. Por eso, son un tiempo delicado, trascendental para todo lo que vendrá después.
¿Se vive a plenitud esta etapa? Muchos dirán que la pobreza y el desempleo adulto que provocan el trabajo infantil impiden a niños y niñas serlo. Pero no sólo. “En la cultura actual -se lamenta Peralta-, la adolescencia comienza cada vez más pronto y se prolonga durante más años. La cultura actual reduce la infancia, una tendencia a la que contribuyen los medios de comunicación, donde vemos con frecuencia a niñitas de siete y ocho años vestidas como vedettes, bailando y cantando sensualmente, maquilladas como artistas, presentándose como mujeres”. En este reino de hombres, con qué frecuencia celebramos -mujeres y hombres- a esas niñas-mujercitas, las aplaudimos y las alentamos a actuar así.
UN DELITO EN EL REINO DEL DESAMOR
Como no tuvo nunca hijos con María, Francisco reclama su derecho a tenerlos con Rosa, aunque vive bajo su mismo techo como hija adoptiva. Derecho indiscutible de los reyes de este reino: la mujer debe tenerles hijos, aunque ellos no los cuiden. Y mujer que no pueda tener hijos no es mujer.
También menciona Francisco que Rosa se le “insinuaba” y concluye que si él no le respondía la muchacha lo iba a considerar “un cochón”. Y ser homosexual, o parecerlo, es lo más temido y temible por los hombres del reino. Afirma convencido que sólo es violación “cuando es su primer hombre” -si ya no es virgen, ya no pierde mucho- o cuando hay “golpes y rasguños”. Pero como no era el primero, no le puso “una pistola en la cabeza” y no fue Rosa la que lo señaló, no hay violación. Declara que la madre lo acusó porque estaba celosa y “despechada”, que “se daba cuenta de todo” y consentía.
Retratando tan fielmente la identidad masculina tradicional, Francisco concluye que no hubo delito. En el país legal sí lo hubo. Delito de violación, con el agravante de ser violación incestuosa. Violencia sexual, que aunque ocurra en el hogar puede ser denunciada por cualquiera que conozca lo que ocurre allí. En el país legal lo privado ya es público. En el país real no. Son incontables los Franciscos que, aunque ya han escuchado de estas leyes, ignoran sus consecuencias. Porque para ellos, lo privado es su reino y allí no hay ley que valga. En el país real, las nuevas leyes que hoy tenemos no tienen aún peso para frenar y para penar la violencia sexual.
¿Quién le enseñó a Francisco, un hombre entrando en la treintena, a verlo todo tan a su favor, tan distorsionadamente? Nadie y todos. Nació y creció respirando y asimilando una cultura sexual profundamente subdesarrollada, totalmente antidemocrática y violatoria de derechos y de deberes humanos.
EN LOS CIMIENTOS DEL REINO
“El reino del desamor”: así describe Sofía nuestra cultura sexual. Una sexualidad donde prevalece el impulso y la violencia y donde está ausente el placer de la comunicación y la comunicación de placer. Relaciones de pareja altamente disfuncionales que generan soledad y ansiedades. Relaciones sexuales que no pasan de ser una exhibición de dominio y un ejercicio de poder masculino. Una insatisfacción permanente que conduce a más y más experiencias, cada vez más insatisfactorias, más rutinarias y hasta más perversas. Esclavas y tiranos más que amantes y amigos. El amor como chantaje, control, terrorismo y agresividad. Una profunda miseria emocional.
De los dramas personales que provoca la sexualidad vivida así pasamos a dramas sociales encadenados: embarazos precoces, hijos no deseados, abortos, suicidios, femicidios, prostitución, adicciones, enfermedades de transmisión sexual... Los cimientos de esta casa común que es Nicaragua se han fraguado con la argamasa de los dramas personales y sociales derivados de esta miserable cultura sexual. ¿Cómo levantar ahora en la casa paredes de democracia, de desarrollo, de derechos humanos, si no empezamos a tomar muy en serio lo que tenemos ahí abajo, ahí en ese fondo, ahí oculto? Se desplomarán las paredes que no tomen en cuenta todo esto.
Para asegurar la construcción, deberíamos empezar por una educación sexual sana, científica, libre y liberadora, alegre y abierta, franca, desprejuiciada, desde la escuela, desde la familia, desde todas partes. Esa educación requiere de información, demanda rescatar de la basura los textos de educación sexual que allí fueron arrojados por dos gobiernos liberales bajo presión de la jerarquía católica. La educación sexual no aparece en las páginas de la Biblia ni la garantiza la adicción a leerla ni nace de “valores” teñidos de una religiosidad basada en dogmas y en miedos.
Si empezáramos por ahí concluiríamos algún día la construcción habitando en el reino del amor -o al menos, en un reino con bastante menos desamor del que hoy nos aflige- y tal vez defenderíamos ese derecho aún no reconocido en ninguna declaración universal: el derecho de todo ser humano a venir a este mundo siendo deseado. Según un estudio de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) hecho público en agosto 2007, “un tercio de los latinoamericanos y latinoamericanas llegaron al mundo como hijos no deseados”. ¿Cuánto pesará en las espaldas saber, sentir, que fue así como comenzamos la vida? Tras la investigación de la CEPAL, debería venir un sondeo que nos brindara respuestas a esta pregunta.
EN EL REINO DE LA TOLERANCIA RESIGNADA
María dio a luz a Rosa cuando tenía trece años. ¿Se hizo responsable el padre? Seguramente fue un caso más entre miles de “aborto masculino”, ése del que nunca hablan los grupos anti-aborto ni los religiosos que tan agresivamente y sin compasión incluyen en “la cultura de la muerte” a las mujeres que deciden interrumpir sus embarazos. Ese aborto que cometen los hombres que engendran hijos a quienes no les dan ni el nombre ni el pan, ni cariño ni cuidados deja secuelas imborrables. “Somos quince en mi equipo de trabajo y sólo tres saben quién fue su padre, yo no lo sé”, me dice con tristeza una amiga. No podemos medir las consecuencias de la irresponsable paternidad que cimenta la cultura de Nicaragua. Es excesiva la tolerancia social ante el “aborto masculino”. Mirar en esa dirección podría sacarnos de la resignación.
Muchas voces se alzaron para responsabilizar a María, la madre de Rosa, por lo que le hizo Francisco a su hija: sabía y no hacía nada, no la supo cuidar, a saber por dónde andaba cuando eso pasaba. “Fue cómplice o cooperante necesaria y según comprobemos una cosa u otra será mayor la pena que se le aplique”: así hablaron algunas autoridades de un Estado indolente durante años, buscando revestir con formalidades legales sus ignorancias sobre el difícil y dramático papel de las madres cuando sus hijas son abusadas bajo el techo del hogar.
La experiencia nos enseña que cuando el abuso sexual ocurre entre las cuatro paredes del hogar -y es allí en donde ocurre en un 68% de los casos, según un estudio de la Universidad Nacional de León- la madre es otra víctima del abusador. Ponerse en sus zapatos, entender este crimen desde sus ojos podría sacarnos de la resignación.
Rosa fue violada y embarazada en Costa Rica cuando era muy pequeña y el embarazo amenazaba su vida. Dos años después, se repetía la historia: está vez dio a luz a los trece años. La experiencia demuestra que el abuso sexual en la infancia predispone a las niñas a nuevos abusos sexuales, que no siempre ellas viven como abuso, porque se sienten incapaces de decir NO y de poner límites a procesos en los que hay seducción cariñosa pero no violencia.
Enseña la experiencia que el abuso sexual debilita la confianza que niñas y muchachas, también las mujeres, tienen en sí mismas y provoca comportamientos sexuales precoces y promiscuos o severamente reprimidos. Entender esto, saber detectar el por qué de estas actitudes, y no culpabilizar ni responsabilizar a las niñas, podría sacarnos de la resignación.
Entre 1998 y 2006, cuando Rosa empezaba a criar a su hija, las denuncias de abuso sexual contra las niñas de Nicaragua se incrementaron casi en un cien por ciento. Tenemos ya una nueva conciencia. Pero, como sociedad tenemos más conciencia sobre la necesidad de que las víctimas “rompan el silencio” que sobre la necesidad de escuchar a quienes lo rompen. Acompañar a quienes sufrieron abuso, abrir las orejas para entender lo que dicen, salir del papel de testigos mudos del abuso sexual que sabemos cometen políticos, profesores, sacerdotes y pastores, padres, padrastros y familiares en la casa de al lado, en el vecindario, podría transformar la resignación en acción.
PECADOS EN EL REINO DE LA IMPUNIDAD
Es enorme también la impunidad con que en Nicaragua hemos cubierto de la arena de la impunidad sonados casos de abuso sexual que involucran a importantes figuras públicas. Esa tolerancia traducida en olvido nos ofende personalmente y nos avergüenza como sociedad. ¿Qué parte nos toca de responsabilidad en la perpetuación del abuso sexual cuando decidimos olvidar?
A consolidar tolerancia e impunidad contribuyen todos los mensajes que caracterizan los abusos sexuales como “debilidades” “flaquezas humanas”, los que invitan a “perdonar”, afirmando que “de humanos es errar” y que esos “errores” no comprometen a las instituciones, tampoco a la “santa” iglesia cuando los delincuentes son sus sacerdotes. Contribuye a la impunidad una religiosidad que está avanzando a paso ligero en Nicaragua: la que promueve esa alquimia perversa que consiste en transformar los delitos en pecados. En grupos cristianos de distinto signo se “confiesan” a gritos o con discursos retóricos “pecados”, proclamando que al “aceptar” a Cristo todo cambió y ya han sido perdonados, ¡gloria a Dios! ¿Gloria a Dios? ¿A qué Dios?
Con frecuencia, los “pecados” que se proclaman -extorsiones, robos, estafas, violencia contra las mujeres, abusos sexuales- son delitos penados por las leyes, que deberían pasar por los tribunales de justicia y no absolverse en cultos, programas de televisión o confesionarios. Esta religiosidad que se enmascara en el cristianismo y que se justifica en ramilletes de versículos bíblicos aprendidos de memoria es infame: favorece la tolerancia social y consolida la tan arraigada cultura de la impunidad.
OBJETIVOS EN EL REINO POLÍTICO
-que tiene como estrategia sustituir a la sociedad civil que hoy tenemos por una sociedad partidaria- trataría de aprovechar políticamente este segundo capítulo de la historia de Rosa para afectar a las ONG que integran la Red de Mujeres contra la Violencia, buscando investigarlas, procesarlas y hasta incriminarlas como responsables de encubrimiento del delito de Francisco y de ineptitud en la atención a Rosa.
AVANCES EN EL REINO DE LA RESISTENCIA
Hay ejemplos que nos esperanzan. Resultó algo insólito, impensable, que a raíz de la condena en Italia por abuso sexual del sacerdote italiano-nicaragüense Marco Dessi, acusado por jóvenes que fueron sus víctimas en Chinandega cuando niños, otros jóvenes, también abusados por este hombre, se presentaran públicamente en abril en Managua reconociendo su historia, hablando del abuso y llamando a la sociedad a entender esta tragedia y a detenerla. El abuso sexual contra los niños varones está aún en un estrato más profundo y silenciado de los cimientos de Nicaragua. En el reino de los hombres de eso sí que no se habla nunca. Y si es un hombre sacerdote el delincuente menos se habla. Pero algo está cambiando: en este año 2007, con el caso del cura Dessi -del que la jerarquía eclesiástica no ha querido hablar, pero del que hablaron estos jóvenes y algunos medios- hemos dado un significativo paso adelante.
Vendrán más. Porque son muchos los casos guardados en un arcón cerrado con tres llaves: la del pudor, la del dolor y la del temor. En Estados Unidos los casos denunciados que salen a la luz ya se cuentan por millares, y no porque este tipo de abusos ocurra allí con mayor frecuencia. Es que los sobrevivientes, las sobrevivientes de estos delitos, han logrado hacer girar esas tres llaves. El muro del miedo está derrumbándose en Nicaragua. Cuando caiga, veremos aparecer los rostros del abuso en lugares insospechados.
Es algo también inédito y sumamente esperanzador, el inicio en este año 2007 del trabajo de “Aguas Bravas” en varios puntos de Nicaragua. Esta organización, nacida y crecida en Alemania, ya tiene carta de ciudadanía nicaragüense. Ya tiene caras y oficina. Hablaremos pronto y en estas mismas páginas de su identidad y del contexto en el que se desarrollará, de sus nombres y apellidos. “Aguas Bravas” promueve la organización de grupos de autoayuda de mujeres adultas, sobrevivientes de abuso sexual en la infancia, que compartiendo sus historias y acompañándose unas a otras al darle nombre a lo que vivieron y hasta ahora guardaron escondido, sanen, y recuperen dignidad, alegría y capacidad de desarrollarse y de desarrollar a esta Nicaragua que las necesita.
TU NOMBRE, ROSA
Rosita, chavala: no queremos hablar ya más de tu vida, porque es tuya. Pero queremos agradecerte que con tu vida hayás contribuido de nuevo, sin saberlo, sin pretenderlo, ayer con tus nombres, hoy con algunos de tus apellidos, a que Nicaragua se mire a sí misma en el espejo de lo que a vos te pasó. Por eso y por tantas cosas más, guardaremos intacto tu nombre, Rosa.
REDACTORA JEFA DE ENVÍO.