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REFLEXIÓN–REVISIÓN sobre Comunidades Cristianas Populares Por Aurelio de León Gómez*

REFLEXIÓN–REVISIÓN sobre Comunidades Cristianas Populares Por Aurelio de León Gómez*

En los días más agudos de una grave enfermedad personal, he reflexionado con la sinceridad de esos momentos sobre muchas cosas y, en particular, sobre la decisión que tomé, hace mucho tiempo, de vivir mi fe según el espíritu y estilo de las CCP. Me reafirmo en la opción hecha y me alegro de ella.
He leído y releído las “”Bases programáticas de CCP” y el documento programa de la Iglesia de Base de Madrid, en la que estamos integrados, y cada vez veo con más claridad la validez de mi anterior resolución, convencido de que en las consiguientes actuaciones, siempre todo se puede mejorar.
La Iglesia, como comunidad cristiana, ha sido y sigue siendo, a pesar de sus fallos y debilidades, el vehículo a través del cual el mensaje liberador de Jesús, ha llegado hasta nosotros y en ella se conserva.
Es cierto, y así hay que reconocerlo, con humildad y honradez, que, a lo largo de la historia, en sus jerarcas, en cristianos destacados de la misma, y en sus instituciones, han sido muchas las sombras que han obscurecido su misión, pero también es verdad, y se debe reconocer, que su verdadero rostro ha aparecido y sigue manifestándose resplandeciente en grandes santos y en muchos cristianos corrientes y sencillos que, con sus comportamientos evangélicos constantemente están invitando a la comunidad a una conversión y reforma permanente.
Considero un deber de la iglesia, que no es solo la Jerarquía, sino también todos sus miembros, trabajar y estar siempre alerta para que no pierda su norte que es el establecimiento del Reino de Dios en la sociedad. Pero esto debemos hacerlo con humildad y respeto, sin defender nuestras posturas como las únicas válidas, y con la suficiente capacidad autocrítica sincera sobre nuestras actitudes y comportamientos, teniendo como punto de referencia, el evangelio.
Si no queremos perder el norte y ser fieles a nuestra condición de miembros de CCP, necesitamos de tiempo en tiempo volver a nuestros orígenes, a los principios que los informan y al desarrollo y vivencia de los mismos en nosotros, con una actitud abierta a la autocrítica y recordar o conocer lo que suponen los términos con que las designamos y los argumentos que fundamentan su existencia.
Fruto de mi reflexión son las ideas que a continuación expongo.
* * *
Prolegómenos:
Comunidades Cristianas Populares. Son: Comunidades de corte y características humanas, como no puede ser de otra manera. Esto constituye la base, sobre la que se asienta el calificativo “cristianas”. Es imposible ser cristianas sin ser humanas.
CCP: son grupos de “personas creyente en Jesús de Nazaret que asumimos su causa, el Reino de Dios”. (CC. Populares 1.1).
 Una comunidad humana es un grupo de personas afines, que se relacionan con frecuencia entre sí; tienen criterios comunes en cosas importantes, respetando siempre la propia individualidad; dialogan y comparten sus cosas; entre ellas se da igualdad, y nadie se impone a otros, se respeta y acepta gustosamente la pluralidad. Tienen y defienden objetivos comunes en temas de interés, antes reflexionados y discutidos. Una comunidad humana es un grupo de amigos, en proceso.
 Comunidad cristiana: Las características propia de la comunidad humana, se viven y potencian desde la aceptación del estilo de vida y mensaje de Jesús de Nazaret que nos revela a un Dios-Amor, que es Padre-Madre; que las personas somos hijos suyos y hermanos unos con otros; que tienen como objetivo en su vida el establecimiento del Reino de Dios, que es amor, justicia, libertad… y que buscan la liberación de los pobres, defendiendo su causa y sus derechos, como compromiso individual y comunitario.
 Se llaman populares porque surgieron del pueblo con un compromiso muy definido en favor del pueblo, en la época franquista. Así también Jesús inició la suya desde el pueblo y por el pueblo. Por pueblo entendemos la clase humilde y menos favorecida de la sociedad. Vivir el espíritu de C. C. P. exige, por tanto, ser del pueblo, participar de sus sensibilidades y sus justas reclamaciones. Estar con el pueblo.

En sus bases y en su vida sigue vigente su opción por "los pobres y marginados”: todos los pueblos y personas que sufren discriminación, exclusión u opresión por motivos económicos, ideológicos y sociales, o por sexo, raza, cultura e indefensión personal”. Se intenta vivir la fe desde la lucha por la liberación del pueblo”. (C.C. Populares 1.3).

¿Se corresponde nuestra comunidad con lo visto? ¿Con quienes estamos? ¿Cómo vivimos?

Principios que fundamentan las C.C.P.

Son los mismos que dan vida a la comunidad inicial que forma Jesús de Nazaret, expresados en su manera de vida y su mensaje verbalmente trasmitido, que nos recogen los Evangelios, y que después se plasman en las comunidades de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas de los apóstoles. No puede ser de otra manera, si se consideran cristianas. Veamos:
Jesús de Nazaret, empeñado y comprometido con la causa de los oprimidos por el sistema religioso y político, que entonces se vivía en Israel (dominio de los poderosos que detentan el poder religioso - “cargan cargas pesadas sobre las espaldas de los demás”- ; el ritualismo vacío y manipulación de la religión que favorecen con leyes insoportables para el pueblo…), inicia un movimiento liberador del pueblo, que fundamenta en la idea y aceptación de un Dios-Amor, Padre-Madre de todas las personas, con las consecuencias lógicas de fraternidad e igualdad entre ellas (Reino de Dios). Su tarea la inicia Jesús con un grupo de personas del pueblo a las que invita a seguirle. Son la comunidad originaria. A ellos se van uniendo otros, unos de modo esporádico, otros de forma más continua. Algunos se van. Hasta uno de los primeros y más cercano le vende.
Cuando Jesús muere y de manera tan ignominiosa, la comunidad iniciada se derrumba, se siente fracasada. Al experimentarle resucitado y que les acompaña, se animan y vuelven a reunirse, sin miedo, decididos a retomar su mensaje y el estilo de vida que les inculcó, dándolo a conocer en todo el mundo. La comunidad de Jesús una vez rehecha, se consolida. En los Hechos de los Apóstoles, sobre todo, se nos habla del ser y vivir de esta comunidad.
Aunque a la gente sencilla les llama la atención su estilo de vida y lo que dicen, los jefes no quieren admitir lo que ven y toman con ellos las mismas medidas represivas que con el Maestro (son mal vistos, son perseguidos y algunos apaleados y muertos cruelmente).
Ante la persecución que se desata contra ellos, algunos huyen de Israel, pero siguen unidos en torno a Jesús y al que sienten presente, viviendo según Él les enseñó, y en tal modo que causan la admiración de la gente con la que están y algunos se van integrando en la comunidad. Convencidos del valor liberador del mensaje recibido, siguen fieles al mandato del Señor: “Id por todo el mundo y anunciad la Buena Nueva a todas las gentes”, y con la fuerza del Espíritu de Dios, se extienden por distintos lugares del mundo entonces conocido, transmitiendo lo que habían visto y recibido.
En un momento dado, se une al grupo uno que de perseguidor se convierte en Apóstol – San Pablo- que tiene una importancia singular en la propagación del cristianismo y en la configuración de las comunidades cristianas. Se reúne con Pedro en Roma, y allí mueren los dos en la persecución de Nerón.
En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas apostólicas se recoge el origen y vida de estas comunidades, que no están aisladas y ajenas a la sociedad en que viven. Por encima de todo son fieles al mandato del amor, que les lleva a compartir lo que tienen, de manera que entre ellos no haya quien pase necesidad. (Ver Hechos de los Apóstoles 2, 42-47 y 4, 32-35).
Su organización es muy sencilla, y, aunque sean presididas por los apóstoles y sucesores, fundamentalmente todos se consideran iguales y las decisiones importantes se toman en común – Concilio de Jerusalén – aportando cada una las propias circunstancias sociales y culturales que viven.
Las comunidades cristianas eligen después entre sus miembros a alguien que los presida y, “en este contexto, lo normal es, que quien preside la comunidad sea, a la vez quien presida la reunión de la comunidad para la celebración eucarística, pero esta presidencia no tiene las connotaciones que sobrevendrán después, cuando la presidencia sea cosa del clero” (La Iglesia de Jesús-R. Velasco, pág. 106).
Un testimonio de gran valor sobre la vida de los cristianos es la Carta a Diogneto (siglo II):
“Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres, ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres sabios, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana, sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en comida, vestido y demás géneros de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de vida superior y admirable y por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria y toda patria tierra extraña. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en carne, pero no viven según la carne. Obedecen a las leyes, pero sobrepasan a las leyes con su vida. A todos aman y de todos son perseguidos. Se les desconoce y se les condena. Se les mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a todos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se les maldice y se les declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se les injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se les castiga como malhechores. Condenados a muerte, se alegran como si les dieran la vida”.
Muy valioso también es el testimonio de Tertuliano (siglo III):
“Somos una corporación por la comunidad de religión, la unidad de disciplina y el vínculo de una misma esperanza…Nos reunimos para recordar las palabras de la escritura divina, para buscar en ella avisos para el futuro y explicaciones del pasado. Con estas santas palabras aceptamos nuestra fe, levantamos nuestra esperanza, fijamos nuestra confianza y estrechamos disciplina inculcando los mandamientos. En tales asambleas se tienen también las exhortaciones, las penitencias, los avisos en nombre de Dios… Presiden bien probados presbíteros que han alcanzado tal honor no por dinero, sino por el testimonio de su vida, porque ninguna cosa de Dios cuesta dinero. Y aunque exista entre nosotros una caja común, no se forma como una suma honoraria puesta por los elegidos, como si fuese sacada a subasta. Cada cual cotiza una módica cuota en día fijo del mes, cuando quiere y si quiere y si puede, porque a nadie se le obliga: espontáneamente contribuye. Estos son como los fondos de piedad. Porque de ellos no se saca para banquetes ni libaciones ni estériles comilonas, sino para alimentar ancianos y niños y doncellas y esclavos ya viejos, como también a los náufragos y a los que están en minas, islas y cárceles por causa de nuestro Dios…”.
La Iglesia, comunidad de seguidores de Jesús, no se puede entender sin estas características de sus orígenes, si no está alentada por el espíritu de Jesús. Y no sólo en la vida individual de sus miembros, sino también en sus estructuras y en sus formas de actuar como institución.

Cambio de rumbo: Cuando en 313 el emperador Constantino reconoce oficialmente a la Comunidad Cristiana y empieza a otorgarle favores, algo va a cambiar entre los cristianos, antes perseguidos y ahora especialmente privilegiados, por el emperador, que piensa haber sido milagrosamente favorecido por el Dios de los cristianos en su victoria de Puente Milvio y movido además por razones políticas.
Fue, sin embargo, con Teodosio I, con quien el cristianismo llegó en el año 380, a ser considerado como religión oficial del Imperio. Sustituye a la anterior y a ella se le otorgan los privilegios y derechos, que aquella disfrutaba: Templos-vestimentas-bienes-culto…
Todos los súbditos del Emperador se hacen cristianos por ley, en virtud del axioma “cuius regio, eius religio”.
Los herejes, como antes los cristianos, son ahora los perseguidos. Como antes la religión oficial, ahora la Iglesia está sometida a la autoridad del Emperador, que convoca y preside concilios, y pone y quita obispos. En estas circunstancias, el espíritu evangélico de la comunidad cristiana poco a poco se va diluyendo.
Se establecen dos clases de miembros dentro de la Iglesia, clero y pueblo, con categoría especialmente reconocida para obispos y presbíteros, en detrimento del pueblo, hasta tal punto que la Iglesia llega a identificarse con la Jerarquía. Por una parte está la Iglesia docente, la que enseña, y por otra el pueblo, la Iglesia discente, la que aprende, y cuyo deber es obedecer y cumplir las normas y prescripciones que se le den. En el principio la elección de los obispos y presbíteros, para que sea válida exige la intervención directa del pueblo, como defiende San Cipriano y otros padres del momento, pero ahora el clero empieza a ser elegido al margen del pueblo, y ejercen una autoridad semejante a la de este mundo, en contra del pensamiento de Jesús: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros, será como el menor y el que gobierna como el servidor” (Lucas. 22, 25-26).
Pero, no todos en la Iglesia están de acuerdo con el rumbo que aquello va tomando. Entre ellos se encuentran personajes destacados de la misma Iglesia, como San Jerónimo, San Cipriano, San Agustín y otros.

Edad Media: Régimen de cristiandad: La Iglesia sigue siendo en los distintos países emergentes del Imperio, la religión oficial, afianzando, si cabe, su poder, al gozar el Papa y los obispos, cada uno en su propio espacio, de poder temporal como los reyes.
Aparecen juntas la cruz y la espada, imponiéndose la cruz sobre la espada, por aquello de que el poder espiritual, que detenta la Iglesia, es superior al poder temporal de que gozan los príncipes. La religión católica se impone como la única porque se considera que es la única verdadera, y sus normas y leyes obligan a todos.
Los papas se alían con reyes o luchan contra ellos, según conviene: Cruzadas por los santos lugares; Cruzada contra los moros en España; Guerra contra los otomanos (Batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571 que dio origen a la fiesta de la Virgen del Rosario….). Los Monasterios son centros de cultura donde se cultivan la ciencia y las artes, pero también lo son de poder.
Aparecen casos de simonía y nepotismo, que contribuyen a que no fueran siempre los mejores y más preparados los que ocuparan los puestos más importantes de la jerarquía.
La Iglesia, a través de sus instituciones, domina y orienta la cultura (escuelas monásticas y catedralicias…); controla la política, reyes y príncipes (poder temporal) son sometidos al Papa (poder espiritual); los herejes (disconformes) pasan por juicios sumarísimos (inquisición) que, en algunas ocasiones, los llevan a la muerte.
Más que buscar vivencias evangélicas y Reino de Dios, y defender la justicia y la causa de los pobres, la Iglesia oficial personificada en la Jerarquía, tiende a constituirse como poder absoluto que impone sus criterios, en virtud de su convencimiento de poseer la absoluta y única verdad.
Como en otros momentos, en este periodo de tiempo surgieron en el seno de la Iglesia, movidas por el Espíritu, voces críticas que la llaman a la vuelta a sus orígenes evangélicos, de lo que dan testimonio con sus propias vidas. En el siglo XI, son fraternidades cristianas laicas que buscan liberarse del feudalismo. Y en el siglo XIII aparecen las Ordenes mendicantes, franciscanos y dominicos, que siguiendo las huellas de sus fundadores, Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, con el ejemplo de sus vidas están cuestionando los comportamientos de la Jerarquía.
En este contexto histórico, aparece la llamada Reforma Protestante de Lutero, con sus fobias y actitudes antiromanas. Carlos V, de parte católica, y otros príncipes alemanes que apoyan a Lutero, condenado en 1521, favorecieron la división entre los cristianos, católicos y protestantes.
Los momentos tan difíciles que se viven, animan a convocar el Concilio de Trento (1545-1547), como respuesta a la Reforma de Lutero (Contrarreforma). También, en este tiempo, se funda la Compañía de Jesús (1534) y se lleva a cabo la reforma de otras órdenes religiosas, como los Capuchinos y Carmelitas. Se intensificó la formación del pueblo, muy descuidada hasta entonces, con la publicación del Catecismo Romano y se unificó la celebración eucarística con el uso obligatorio del Misal Romano.
La Iglesia católica se define como la gran masa de los bautizados que profesan una misma fe, reciben los mismos sacramentos y obedecen al mismo jerarca supremo, el Papa, sin que se tenga en cuenta la vivencia comunitaria real.
Campos y Fernández de Sevilla, que ha estudiado muy bien la religiosidad popular en la época de Felipe II, asegura que “los intentos de volver a una religión de espíritu que se establecieron en el Concilio de Trento, la contrarreforma, en cierta manera los apartó desviándose hacia una religiosidad de expresiones públicas donde los efectos rituales tuvieron más peso: canonizaciones festivas, fastuosidad en una liturgia de trampantojo, cortejo procesionales, celebraciones efímeras, etc. Como dice el autor, los sentidos vencieron a la razón, y a los fieles sencillos del pueblo sólo les quedaba entusiasmarse con las escenas que contemplaban y con las fiestas en las que participaban”. (C. Pacheco. Santos Reliquias y Cristiandad. Pág. 82).
La fuerza dominante de la Iglesia en todos los ámbitos de la sociedad (cultura-enseñanza-política-economía…) empieza a resquebrajarse en el siglo XVI con la aparición de los nuevos Estados y de los humanistas (Erasmo de Rotterdam, Castellón y otros) que, por encima de todo, defienden la dignidad y libertad de la persona.
De todos modos, fue con la Revolución Francesa (1789) cuando tiene lugar una fuerte contestación contra la iglesia con violentas medidas tomadas, apoyándose en su lema más significativo: “Libertad-Igualdad-Fraternidad”.
León XIII reconoce que “del mismo modo que Lutero se llevó consigo la libertad y despojó de ella a la Iglesia, también Marx y la burguesía, cada cual a su modo, le arrebataron a los pobres”.
Esta situación se mantiene hasta la primera mitad del siglo XX en que aparecen, en centroeuropa, los primeros signos de renovación dentro de la Iglesia, con teólogos tan destacados como Rahner, Congar, de Lubac, Chenú… y liturgistas tan significativos como los monjes de la abadía de María Laach y otros, de gran influencia en el Concilio Vaticano II.

En España, la Iglesia de Cristiandad se prolonga hasta la terminación de la dictadura franquista, con el breve intervalo de libertad de la República. El Nacionalcatolicismo acuña una frase que explica muy bien el maridaje Iglesia-Estado: “Por el Imperio hacia Dios”. Los obispos lo admiten con gusto y lo favorecen. La Iglesia Católica es reconocida como la religión oficial del Estado, la única públicamente admitida y llena de privilegios.
Una frase del arzobispo de Toledo, cardenal Gomá, en su carta pastoral: “Catolicismo y Patria, de 1939, explica muy bien la mentalidad de la Jerarquía española de entonces, con alguna excepción, que se mantiene durante demasiados años y que, pienso, que no ha desaparecido totalmente en nuestros días….: “Los poderes de los Estados, nos decía pocos meses ha nuestro Santo Padre, hacen hoy de los pueblos lo que quieren. Demos gracias a Dios, de que se quiera hacer de España un pueblo católico desde las alturas del poder”.

Algo nuevo empieza. Cambio histórico: En el año 1958 muere el hierático Pío XII y le sucede en el pontificado el pastor sencillo y cercano, Juan XXIII. Con certera intuición, el 26 de diciembre de 1961, convoca el concilio Vaticano II. A lo largo del mismo, entre otros, ven la luz los dos grandes documentos vertebradores de la Iglesia, la constitución “Lumnen Gentium", sobre la Iglesia, y la Constitución “Gaudium et Spes”, sobre la Iglesia en el mundo actual.
La convocatoria del Concilio suscita grandes expectativas e ilusiones. La Iglesia empieza a ser vista de otra manera. En España, donde sus ideas no encontraron el terreno político y religioso muy abonado, hubo, sin embargo, magnificas respuestas: Asamblea de Vallecas, Asamblea conjunta de Obispos y Sacerdotes, Movimientos especializados de apostolado seglar JOC, JEC, JARC…e importantes actuaciones contra el Nacionalcatolicismo, y apoyo a los diversos movimientos sociales que fueron surgiendo. El régimen franquista, valiéndose de grupos y personas católicas integristas, hizo todo lo posible por aplastar aquel resurgir de una Iglesia renovada, pero no lo consiguió.
Por encima de todo, los grupos cristianos progresistas quieren una Iglesia que impregnada de los valores evangélicos, con su testimonio, sea plataforma para la realización del Reinado de Dios en la sociedad. “Es la sociedad humana la que hay que renovar” dice el concilio en la “Gaudium et Spes”.
Ha pasado ya el tiempo de la Iglesia personificada en la Jerarquía. Movidos por el espíritu conciliar surgen las Comunidades Cristianas de Base. En Latinoamérica, sobre todo en Brasil, con el apoyo expreso de los obispos (Asamblea de Medellín), y también aparecen en Europa (Francia-Italia-España) por el año 1968 y siguientes, pero con mucha prevención y oposición de la Jerarquía.
En el Concilio se reconoce el valor de estas Comunidades, pero es Pablo VI, quien en la Encíclica “Evangelii Nuntiandi” (1975) y en la “Catequesi tradendae”, quien expresamente aborda el asunto, como resultado del Sínodo sobre la Evangelización y la Catequesis. Responde así a la realidad ya existente de las comunidades de base, advirtiendo de los errores concretos que en ellas se puedan dar.
Por su parte, el Episcopado Latinoamericano en la Asamblea de Puebla (1979) dice al respecto: “Las pequeñas comunidades” comprometidas con los pobres y oprimidos, no vienen a formar una estructura elitista, sino que “son expresión del amor preferente de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ellas se expresa, valora y purifica su religiosidad y se le da posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformación del mundo.
Después en 1982, también la Conferencia Episcopal Española a través de su Comisión de Pastoral, aborda la cuestión de estas comunidades, publicando un documento sobre pequeñas comunidades cristianas. Con un estilo ágil y cercano, analizan la vida de estas comunidades y las apoyan.
Admiten distintos nombres en ellas y reconocen sus diferencias, habida cuenta de los distintos lugares y circunstancias de su origen. Entre esas comunidades figuran en el documento episcopal las Comunidades Cristianas Populares. Las estimulan reconociendo lo positivo que en ellas se dan y, que hay que potenciar, pero a la vez dan a conocer lo negativo que habría que corregir. A pesar de todo, las comunidades populares no han contado nunca con el deseado apoyo y diálogo con los representantes del Episcopado.
Las CCP se coordinan entre sí como movimiento cristiano popular en 1973 aunque su nacimiento se sitúa, según antes ya mencioné, en los últimos años de los sesenta del siglo pasado. Sus Bases programáticas se elaboran en 1974 y se reformulan en 1980.
Aparecen como contestarías a la situación político-religiosa que se vive en España, el nacionalcatolicismo, lo que provoca el rechazo y la condena de los obispos y gobernante. En la Asamblea de la Conferencia Episcopal de 1970, su presidente, D. Casimiro Morcillo las condena oficialmente.
Algo parecido sucede entre nosotros. D. Marcelo González en la inauguración de la Parroquia de San Juan de Ávila, de Talavera de la Reina, (1981) dice con rotundidez: “No consentiré en la diócesis eso que llaman Comunidades Cristianas Populares”.
No es extraña esta reacción en aquellos tiempos, con los políticos y obispos que había, con respecto a estas comunidades que denuncian y luchan contra el maridaje existente entre Iglesia y Estado.
“Era una época de clara opresión para las clases populares, que mantuvieron una lucha constante contra la dictadura. En muchas nacionalidades esta lucha se unió a la defensa por su identidad como pueblo. Los grupos cristianos fueron tomando conciencia de la situación y se incorporaron a la lucha contra el franquismo en las asociaciones clandestinas.
Estos grupos cristianos intentaron vivir la fe desde la lucha por la liberación del pueblo como clase y como nacionalidad. Así se elaboró una nueva visión de la Teología, de los Sacramentos y de la Iglesia. A esto ayudó la Teología de la Liberación y el nacimiento de Cristianos por el Socialismo, que catalizó una línea de Comunidades Cristianas y que contribuyó a vivir la opción fe-compromiso”. (C.C. Populares, pág. 12, b y 1.3)
Las CCP se definen: “Las comunidades Cristianas Populares estamos integradas por creyentes en Jesús de Nazaret que asumimos su causa – el Reino del Padre- tratando de convivir, compartir fraternalmente, comprometernos socialmente y celebrar nuestra fe en comunidad, como parte del pueblo y con una decidida opción por los pobres.
Somos comunidades Eclesiales que pretendemos ofrecer una alternativa dentro de la Iglesia, en comunión crítico-dialéctica positiva con toda ella, reivindicando el lugar que nos corresponde, en la línea desarrollada por el concilio Vaticano II”. (C. C. Populares, pág. 3, 1.1. y 1.4)
La Comisión Episcopal de pastoral reconoce entre los elementos positivos de estas comunidades su “espíritu critico y profético”. Entre los negativos, la “hipercrítica y la desconexión de la Iglesia Diocesana y su obispo”. (Servicio Pastoral a las PCC nº 20, 24 y 28).
Prácticamente la ruptura continúa, entre obispos y CCP aunque por parte de éstas ha habido intentos de diálogo y de acercamiento. Los Congresos de Teología, sobre los que se habló con la Jerarquía y a los que se invita a los obispos, son un buen ejemplo. Cuando D. Gabino Díaz Merchán fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal, una comisión de CCP se entrevistó con él en búsqueda de un diálogo. Sé que él lo comunicó en una Plenaria del Episcopado y la respuesta fue el silencio.
No se quiere romper con la Jerarquía, pero sí se defienden criterios propios, con libertad y responsabilidad, según aparece en las Bases de CCP, que se quieren siempre fundamentar en principios evangélicos.
Se cuestionan las estructuras de poder e imposición de la Jerarquía, siempre muy en conformidad con la política conservadora de la derecha política y muy en la línea de la Iglesia de Cristiandad, con lo que, ciertamente, no se está de acuerdo.

Involución eclesial.-Los fervores e ilusiones creados por el Concilio Vaticano II, y las manifestaciones magistrales de los papas en ese tiempo (Encíclicas “Pacen in terris o “Populorum Progressio”) fueron desmoronándose poco a poco con la llegada de Juan Pablo II (1978), que, claramente, favoreció a los grupos más integristas de la Iglesia y de la sociedad, fomentando la aparición de una Iglesia mediática y triunfalista y una espiritualidad intimista y desencarnada.
Los movimientos cristianos progresistas (CCP-JOC –JEC - JARC…) o desaparecieron o fueron relegados al olvido, a no ser que cambiaran el rumbo que llevaban.
Marcada una tendencia tan claramente desde el Vaticano, muchos de los obispos nombrados en las últimas décadas son fieles servidores de las consignas trazadas. Como decía el Cardenal Tarancón: “muchos padecen de tortícolis de tanto mirar a Roma”. Muchos proceden o son próximos a los grupos más conservadores (Opus Dei - Comunión y Liberación - Neocatecumenales…).
El clero más joven, al menos el que yo conozco, cifra su acción pastoral principalmente en fomentar la piedad intimista, con rezos, procesiones, peregrinaciones y seguimiento obediente de las directrices que se marquen para lo que siempre se encontraran clientes.

Pero para un mundo, como el actual, que busca emanciparse de lo religioso, que se expresa en la pluralidad y con un claro comportamiento laico, esa línea pastoral, que, además, se manifiesta con tintes impositivos, tiene poco que decir a la gente apartada de la Iglesia.

¿Qué hacer en esta situación?: De ninguna manera, desde luego, tirar la toalla. La Iglesia, los cristianos, tendrá que ponerse más a tono con el Evangelio en sus actuaciones magisteriales y en sus comportamientos sociales, si, de verdad, quiere transmitir los valores del Reino.
El espíritu y estilo de vida de las primeras comunidades debería ser el modelo que informase sus comportamientos - la humildad - la solidaridad - el amor- la fraternidad… lo que tiene poco que ver con algunas actitudes, propias de épocas pasadas.
Es hora de plantearse una auténtica respuesta evangélica, en las palabras y en las formas, sin tantas condenas a quienes discrepan.

Cuestiones pendientes entre CCP. y Jerarquía: Ya he mencionado el total rechazo real de la Jerarquía a las CCP, desde su aparición.
Aunque hoy día, externamente no aparece tanto ese desconocimiento mutuo entre la Jerarquía y las CCP, hay que reconocer honradamente que siguen latentes los problemas que crearon esta situación.
Pienso que en el fondo, provoca este enfrentamiento el distinto modo de entender y vivir la Comunión eclesial y las diferentes consecuencias que de ello se siguen.

Criterios y actitudes de CCP:
 “Somos Comunidades Eclesiales que pretendemos ofrecer una alternativa dentro de la Iglesia, en comunión crítico-dialéctica positiva con toda ella, reivindicando el lugar que nos corresponde, en la línea desarrollada por el Concilio Vaticano II”. (CC. Populares 1.4).
 Contestación a manifestaciones y comportamientos públicos de la Jerarquía, como otra voz de Iglesia.
 No aceptación de una Iglesia piramidal, que impone sus criterios, que todos los cristianos deben aceptar como únicos válidos.
En CCP se piensa en una Iglesia no piramidal, sino circulo (comunidad de iguales).
 Distinta es la manera de entender la praxis política y social, a la hora de pensar en la defensa de la causa y derechos de los pobres. “Consideramos fundamental la opción por los pobres, denunciando el sistema capitalista como causa estructural generadora de pobreza, y asumiendo solidariamente la causa de los sectores marginados de la sociedad. Entendemos por pobres y marginados: todos los pueblos y personas que sufren discriminación, exclusión u opresión por motivos económicos, ideológicos y sociales, o por sexo, raza, cultura e indefensión personal”. (CCP 1.3).

A pesar de todo CCP nos consideramos y queremos ser cristianos dentro de la Iglesia católica, abiertos al diálogo. (CCP 1.2). “Nuestra vida cristiana se fundamenta en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, muerto y resucitado, y en la Iglesia, comunidad de creyentes, que transmitió y transmite la Buena Noticia de salvación liberadora, con la ayuda del Espíritu”.

Criterios de la Jerarquía Española:
Los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral, en el documento publicado el 15 de agosto de 1974 dice: “La verdadera comunión con la fe de la Iglesia supone voluntad de estar dentro de la comunidad en la que perdura la revelación de Cristo, el testimonio apostólico, la Iglesia misma de Cristo”.
Los signos de comunión de fe y caridad con esta Iglesia de Cristo son múltiples. Entre otros:
 La apropiación personal del símbolo de la fe
 La recepción personal de los sacramentos.
 El sentido del diálogo obediencial con los pastores de la Iglesia
 Deseo de ser fiel a la acción del Espíritu que mantiene a la Iglesia en la fidelidad a Cristo. (Jn. 16, 13-14; Gál. 4, 6; 1 Cor 2, 12) y
 Convicción de que la fidelidad al Espíritu implica plena integración en la unidad de fe de la Iglesia) (n.115). (Servicio Pastoral. Página 47 y 48).

Como se ve el problema está en el modo de entender la comunión eclesial. Los teólogos de comunidades populares no contradicen lo que dicen los obispos, sino que concretan más y explican el sentido de Comunión eclesial”.
Las CCP quieren esta comunión con la Jerarquía pero, como dice C. Floristán: “de un modo u otro rechazan a la Iglesia institucional entendida como poder represivo, que entraña una cultura conservadora, una economía capitalista, una política de derechas y, en definitiva, una ideología reaccionaria”.(Conceptos Fundamentales de Pastoral, pág. 163)
No cabe duda de que el término Comunión es uno de los que mejor definen a la Iglesia, que, si no es y fomenta el sentido comunitario, no es la Iglesia de Cristo.
“Las estructuras de la Iglesia se justifican en la medida en que sirven a la comunidad de sus fieles en el espíritu evangélico, que comporta: “relaciones fraternales, autenticidad de vida, función crítica frente al aparato institucional, opción evangélica por los pobres, asunción de mediaciones culturales y socio-políticas que respondan a su misión evangelizadora, perspectivas de evangelización liberadora, y compromiso con la justicia y la libertad en la sociedad”. (Conceptos Fundamentales de pastoral pág. 165).
La Iglesia, según vemos en el Nuevo Testamento empieza, a partir de la pequeña comunidad iniciada por Jesús y de acuerdo con su deseo de continuidad para llevar a todas las gentes su mensaje liberador. Exige a los suyos una actitud de pobreza (desprendimiento) para compartir con los demás; su programa debe ser vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas; y toda su vida ha de estar impregnada de amor, manifestado en el servicio a los demás.
Esta es la gran tarea que la Jerarquía ha de realizar en la Institución y en cada uno de los cristianos. De ninguna de las maneras la Jerarquía, con el pretexto de la Comunión Eclesial, puede pedir coincidencia y aceptación de comportamientos, que poco tienen que ver con el Espíritu Evangélico.
Para San Pablo la Koinonia es comunión con Cristo y a través de Él con el Padre, cuya revelación para nosotros es Él mismo. El mismo apóstol, en la primera carta a Timoteo dice: “Al partir yo para Macedonia te pido que permanezcas en Éfeso para que manifiestes a algunos que no enseñen doctrinas extrañas…El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera”. (1ª Timoteo. 1, 3-5). Y le pide también que rechace cuanto se opone a la “sana doctrina, según el Evangelio” (1ª Tim. 1, 10-11) exigiéndoles un comportamiento ejemplar (1ª Tim. 3, 1-13). Ideas y consejos parecidos transmite también Pablo a su discípulo Tito.
Muchas veces los obispos en sus declaraciones apelan al principio de la ley natural, como expresión de la ley de Dios, que apoyan en conceptos filosóficos de Aristóteles canonizados por la Escolástica y que consideran como los únicos válidos: “Sin embargo el concepto de ley natural es susceptible de diversas interpretaciones. Puede entenderse por ella como funciona la naturaleza y cuales son sus ritmos. Y puede entenderse como la ley de la conciencia de la persona humana responsable” (Teología y Magisterio. J. Mateos y otros. Pág. 266).
Lo que puede dar lugar a distintos criterios, que de suyo no contradicen la fe cristiana, que no se fundamenta en unas normas de la Jerarquía, sino en Dios a través de Jesucristo en quien se nos revela. Jesús no dio normas, sino que inculcó un espíritu y estilo de vida, que la Iglesia debe promover, sobre todo, con su ejemplo.
Preguntas que requieren respuesta: Teniendo en cuenta todo lo anteriormente visto, cabe preguntarse:
 ¿Son coherentes las Bases de CCP, con las exigencias evangélicas para la comunidad cristiana?
 ¿Según tu criterio y teniendo en cuenta lo dicho, las CCP están en comunión con la Iglesia de Jesús o no? ¿Por qué?
 ¿Cómo vivimos nosotros/as el estilo de vida característico de CCP, según sus Bases? ¿Críticos o supercríticos? ¿Buscamos o rechazamos el diálogo?
 ¿Qué deberíamos hacer para corregir las cosas negativas que pueda haber en nuestros comportamientos y así perfeccionar nuestra Comunidad?
 Nuestra vida individual y comunitaria, se distingue por el empeño de vivir y hacer realidad en la sociedad los valores del Reino de Dios con una opción clara en defensa de la causa y derechos de los pobres? ¿Qué hacemos nosotros en concreto y cómo para conseguirlo?
Pasos concretos a dar para la continuidad y fortalecimiento de la Comunidad: Actuaciones- interesar a algún sacerdote. ¿Animación de otras personas?

(*) Aurelio de León Gómez, iniciador de CCP en Talavera de la Reina (Toledo)