Esteban Tabares Carrasco
PRÓLOGO: “EL DIOS-ALIMENTO”
“Una vez decidió Dios visitar la tierra y envió a un mensajero para que inspeccionara la situación antes de su visita. Y el mensajero regresó diciendo: “La mayoría de ellos carece de comida; la mayoría de ellos carece también de empleo”... Y dijo Dios: “Entonces voy a encarnarme en forma de comida para los hambrientos y en forma de trabajo para los parados” (Tony de Mello, EL CANTO DEL PÁJARO, pág. 108).
Para que nuestra fe en Dios no sea un espejismo intimista, para que no sea un autoengaño consolador de nuestras carencias o temores más íntimos, el palestino Jesús de Nazaret nos indicó con claridad en qué lugares podemos encontrar a Dios. Aunque mejor sería decir cómo podemos ser encontrados por Él, dónde estamos nosotros, dónde Él nos puede encontrar. Dios está encarnado en la realidad del prójimo: “Tuve hambre y me dIsteis de comer, tuve sed y me dIsteis de beber, fui forastero y me acogIsteis... etc.”. Si buscamos a Dios, debemos hacerlo por esos lugares, por los rincones del compromiso a favor de los últimos.
En esta exposición vamos a asomarnos a tres ventanas: una para ver la realidad: otra para verla desde la fe cristiana; y otra para ver caminos por donde recorrer esa realidad.
1.- LA VENTANA DE LA REALIDAD
A) La inmigración es un elemento estructural del sistema económico.
El fenómeno migratorio no es nuevo en la historia humana, pero en cada época adopta nuevas formas y caminos. Actualmente, la inmigración está unida de manera estructural a la economía de libre mercado, aunque no podemos olvidar las migraciones provocadas por regímenes políticos dictatoriales y por ciertas estructuras culturales y sociales de los pueblos, o por algunas catástrofes naturales. Las migraciones modernas tienen sus raíces en el mismo sistema económico dominante; no son un fenómeno coyuntural o pasajero. Por eso, no parece fácil que se pueda prescindir de ellas en la estructura de los sistemas productivos actuales.
Es decir, que los procesos de internacionalización y concentración espacial del capital en determinadas áreas geográficas, unidos a los procesos de dominación económica y de mantenimiento del subdesarrollo en otras, favorecen las migraciones de trabajadores al servicio de las exigencias del sistema de vida de los países industrializados.
B) Al servicio de la coyuntura económica.
Las migraciones sirvieron en Europa occidental para traer o importar trabajadores extranjeros para la reconstrucción europea a partir de 1946, al finalizar la II guerra mundial. Más tarde, en los años 70 y 80, los flujos migratorios se reorientan para abastecer la economía sumergida, es decir, para equilibrar el déficit de mano de obra en trabajos que no quieren hacer los autóctonos, para atender el sector de servicios y de trabajos no cualificados (particularmente servicio doméstico, construcción y hostelería).
Las migraciones se planifican con una racionalidad meramente económica, en función de nuestro modelo económico y de la realización rápida de beneficios. Raramente se tiene en cuenta el costo humano que supone para quienes se ven forzados a abandonar su país, su familia y su cultura. Por supuesto que –aunque se diga en los grandes foros internacionales- nunca se piensa en eliminar las verdaderas causas que provocan las injustas y crecientes desigualdades entre países enriquecidos y empobrecidos.
C) Un duro marco para los inmigrantes.
En general, predomina la figura del inmigrante como un trabajador manual, sin cualificación profesional, que ocupa un puesto de trabajo duro y mal pagado, con un empleo precario o temporal; como un trabajador aislado, sin familia, destinado a regresar a su país; como un trabajador extranjero que, por serlo, no disfruta de todos sus derechos laborales, ni tiene tampoco todos los derechos públicos, ni se busca su inserción social.
Con sus políticas limitativas respecto al derecho a vivir en familia, a la residencia permanente, a obtener la nacionalidad... y con sus resistencias a regularizar a cuantos están aquí “sin papeles”, es evidente que los países de la U.E han optado formalmente por oponerse a la inmigración y controlarla lo más posible. Pero todas sus medidas se ven desbordadas siempre porque todavía siguen considerando la inmigración como un movimiento económico de mano de obra a la medida de nuestras necesidades y no como movimientos de población originados por el nuevo sistema de una globalización asimétrica y desigual, donde los beneficios siguen fluyendo hacia los países dominantes.
D) Fenómeno permanente.
Concebida hasta ahora la inmigración como algo transitorio al servicio de nuestra coyuntura económica, sin embargo se ha convertido en un fenómeno permanente. A pesar de las políticas restrictivas y de control de la U.E, la inmigración ha ido asentándose en todos sus países debido al aumento por la reagrupación familiar, por el nacimiento de hijos entre la población inmigrante, por la obtención de la nacionalidad, etc. y por la llegada de nuevos flujos migratorios procedentes del Este europeo y de Latinoamérica especialmente.
También en España la inmigración se nos presenta no como un fenómeno pasajero y temporal, sino como una permanencia a largo plazo. Aunque muchos acaricien el deseo de retornar, lo cierto es que terminan por instalarse definitivamente. Así pues, los inmigrantes se han convertido económica y socialmente en unos interlocutores necesarios para el diseño de las políticas que les afectan. Un camino de futuro será cómo lograr que consideremos a los inmigrantes no como trabajadores extraños con derechos limitados, sino como ciudadanos y trabajadores en plenitud de derechos y deberes.
“Esas gentes eran a pesar de todo una solución”, dice Cavafy en un poema hablando de los bárbaros cuando fueron infiltrándose en el imperio romano. Los inmigrantes hoy día son una parte de la solución de una sociedad que ya nunca será como la de épocas anteriores. Por proximidad, por interpelación mutua y por comunidad de destino, unos y otros estamos llamados a tomar conciencia de que ha llegado el tiempo de inventar una nueva manera de ver, de verse y de vernos. Ahora se trata no de eliminar la diferencia (como se hizo en épocas anteriores), sino de convertirla en riqueza de convivencia y caminar hacia un porvenir capaz de un equilibrio social nuevo entre identidad y alteridad, entre yo y tú, entre nosotros y los otros.
2.- LA VENTANA DE LA FE CRISTIANA
La fe bíblica no es tanto una pregunta que el ser humano hace: ¿Dios, dónde estás, quién eres, qué haces, existes...?, cuanto más bien una pregunta que Dios nos hace: ¿Dónde está tu hermano, qué has hecho con tu hermano, con tu prójimo...? Podemos responder como Caín o como el samaritano de la parábola (Lc.10,25-37). Así pues, desde la óptica cristiana, toda búsqueda religiosa pasa siempre a través del compromiso a favor de los demás, en nuestro caso, a favor del inmigrante que llama a nuestras puertas.
a) Lo que vemos en el Antiguo Testamento:
Israel tiene su origen en un grupo de pastores nómadas, de gente emigrante. Abrahán, un caldeo, sale de Ur y se traslada hasta Jarán (Canaán) con su familia: “Sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre y marcha a la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12,1). En la Carta a los Hebreos se hace la interpretación de este hecho: Por la fe respondió Abrahán al llamamiento de salir para la tierra que iba a recibir en herencia, y salió sin saber adónde iba. Por la fe emigró a la tierra prometida como un extranjero... Esperaba la ciudad sin cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos, 11,8-10).
Los descendientes de Abrahán también serán emigrantes en Egipto, donde vivirán sometidos a dura esclavitud. Más tarde, lograrán salir y emigrar otra vez a Canaán. Aquella experiencia, con todo su sufrimiento y amargura, quedó tan grabada en la memoria colectiva del pueblo que la recuerdan con frecuencia para provocar en ellos una actitud de respeto ante el inmigrante. Son numerosos los textos en el A.T. que utilizan la expresión: “porque emigrantes fuísteis en Egipto”. Por ejemplo, veamos algunos entre muchos otros:
“No oprimirás ni explotarás al emigrante, porque emigrantes fuIsteis vosotros en Egipto” (Éxodo, 22,10).“No vejarás al inmigrante; conocéis la suerte del inmigrante, porque inmigrantes fuIsteis vosotros en Egipto” (Éxodo, 23,9).“Cuando un emigrante se establezca entre vosotros, no lo oprimiréis. Será para vosotros como uno más: lo amarás como a ti mismo, porque emigrantes fuIsteis vosotros en Egipto” (Levítico, 19,35).“Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al emigrante, dándole pan y vestido. Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuIsteis vosotros en Egipto” (Dt.10,18).“Amaréis al inmigrante, porque inmigrantes fuIsteis en Egipto” (Dt. 10,19).“No defraudarás el derecho del emigrante” (Dt. 24,17).“Maldito quien defraude de sus derechos al inmigrante, al huérfano y a la viuda” (Dt.27,19).
Esta insistencia de los legisladores nos está indicando que la situación de los inmigrantes nunca llegó a ser buena entre el pueblo de Israel. Por eso, los profetas seguirán repitiendo:
“Si no explotáis al inmigrante, al huérfano y a la viuda... entonces habitaré con vosotros en este lugar (Jeremías, 7,6-7).“Los terratenientes cometen atropellos y robos, explotan al pobre y al necesitado y tratan injustamente al emigrante” (Ezequiel, 22,29).“Juzgad según derecho y que cada cual trate a su hermano con afecto y cariño: no oprimáis a viudas, huérfanos, emigrantes y pobres” (Zacarías, 7,9).“Practicad la justicia y el derecho, librad al oprimido del opresor, no explotéis al emigrante” (Jeremías, 22,3).
“Os llamaré a juicio... contra los que defraudan al obrero su jornal, oprimen a viudas y huérfanos y atropellan al inmigrante sin tenerme respeto” (Malaquías 3,5).
De poco sirvió. Más tarde, Israel conocería la dura experiencia del exilio y la deportación masiva. Pero tampoco escarmentaron. Al volver de Babilonia y para la reconstrucción del templo y del país, los dirigentes no permitieron que se les unieran los israelitas de Samaria. La dominación posterior de los seleúcidas y luego de los romanos, les llevó a afirmar una posición nacionalista cerrada y así se perdió la vocación universal de este pueblo querida por Yavé. De hecho, el judaísmo del tiempo de Jesús consideraba a los extranjeros como impuros y despreciables; por eso, un buen israelita debía evitar cualquier trato con ellos y no pisar su casas siquiera.
b) Lo que vemos en el Nuevo Testamento:
- En la vida de Jesús:
A pesar de los esfuerzos y denuncias de los profetas, sin embargo se impuso la imagen dominante de Yavé como un dios local, nacional, no universal; un dios parcial que elige a un pueblo frente a los demás pueblos; un Dios cercano con Israel y lejano y severo con las otras naciones; sólo los que cumplen la Ley son puros y pueden relacionarse con Dios, mientras que el resto son impuros. Por eso, Jesús vendrá a superar y perfeccionar determinados conceptos muy estrechos sobre Dios
Con Jesús el horizonte se hace universal y caen todas las barreras y toda discriminación tanto hacia las personas como hacia los demás pueblos. El amor de Dios no discrimina a nadie porque es el Padre “que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt.5,45). Jesús no es sólo un Maestro que enseña una doctrina nueva, sino que es su vida la que habla, él es palabra encarnada: “El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido... a proclamar un año de gracia del Señor (no “el año del desquite”)... Hoy, en vuestra presencia se ha cumplido este pasaje” (Lc.4,16-30).
Jesús se relaciona con los excluidos y rechazados por aquella sociedad: mujeres, publicanos, descreídos, pecadores, enfermos y leprosos, samaritanos, paganos, niños, etc. Comportamiento que resulta escandaloso para los judíos cumplidores y observantes piadosos de la Ley. Podemos recordar numerosos textos de los evangelios donde aparece el amor universal y la apertura total de Jesús. Veamos, por ejemplo, el momento final tras su muerte: “Cuando crucificaron a Jesús, los soldados se repartieron su ropa en cuatro lotes, uno para cada uno” (Juan, 19, 23). El simbolismo del número cuatro representa la universalidad: el Reino queda abierto a los cuatro puntos cardinales; Israel no será ya el pueblo de Dios, sino que los paganos (los cuatro soldados) recibirán la herencia de Jesús. Y será un pagano, el centurión, el primero que comprenda algo de lo que ha pasado en la cruz: “Realmente, este hombre era inocente” (Lc.23,47). También un extranjero natural de Cirene quien ayude a llevar la cruz a Jesús.
- En la vida de la comunidad cristiana:
Madurando con el tiempo la vida y las palabras de Jesús, sus seguidores fueron saliendo del particularismo y nacionalismo judíos y abriéndose al universalismo. Fue un largo proceso que no estuvo libre de resistencias y tropiezos. Empezando por el relato de Pentecostés (todos entendían a Pedro pesar de la diversidad de lenguas), el libro de los Hechos de los Apóstoles nos va contando el camino de maduración-conversión de los seguidores judíos de Jesús hasta convertirse en una comunidad abierta a todos.
Poco a poco, fue creciendo entre los cristianos la conciencia de que no hay fronteras y todos caben en la comunidad cristiana: “Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni hembra, pues vosotros hacéis uno, mediante el Mesías Jesús” (Gálatas, 3,28). Ahora ya solamente hay una comunidad solidaria y de personas iguales, sin diferencias étnicas, religiosas, culturales o sociales. Ahora ya nadie puede ser tratado como un extranjero, porque todos forman parte de la familia de Dios: “Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los consagrados y familia de Dios” (Efesios 2,19). En adelante, ésa será la misión de la comunidad cristiana en la historia: ir superando todo lo que divide y separa a los seres humanos.
3.- LA VENTANA DEL COMPROMISO.
“Las personas tienen derecho a salir de su país de origen por diversos motivos y el derecho a retornar, así como a buscar mejores condiciones de vida en otro país. Pero esta experiencia sólo puede ser positiva si el inmigrante goza de una integración económica, social, eclesial, que le aporte dignas condiciones de vida y de progreso, respetando a la vez su personalidad, sus raíces. La dificultad de la emigración supone también un bien: caminar hacia una sociedad culturalmente más rica en su diversidad y, esperémoslo, más abierta en sus relaciones fraternas. En efecto, parece que en los países técnicamente avanzados se camina hacia sociedades pluriétnicas, multiculturales. En este sentido, la migración puede ser una ocasión de progreso, pero ¿en qué condiciones?.
En todo ello, la Iglesia tiene un papel capital que ejercer en la educación del pueblo, de los responsables de las instituciones de la sociedad, para sensibilizar a la opinión pública y despertar las conciencias... Las comunidades cristianas deberían vivir, mejor que otros grupos sociales, el dinamismo de la unidad fraternal y del respeto a las diferencias” (Juan Pablo II).
a) Abrirnos al otro.
El inmigrante es el “otro”, aquel que rompe nuestros esquemas y barreras culturales, nuestra seguridad, nuestra comodidad insolidaria. Nos trae la voz de Dios, aunque nos sea desconocida y sus creencias sean diferentes, pues esa voz de Dios está más allá de todos los esquemas de las diferentes religiones.
Aproximarnos (hacernos próximos, cercanos) y vivir con los inmigrantes el contraste humano, cultural y religioso es una estupenda ocasión para hacernos más universales, lo que implica de inmediato saber relativizar (=poner en relación, que no es lo mismo que caer en el relativismo) todo aquello que identificamos como “lo nuestro”. El inmigrante no es una amenaza ni laboral ni cultural, sino alguien que puede contribuir a enriquecernos humanamente a todos los niveles si sabemos educar nuestros prejuicios y estereotipos. Claro que no se trata de mitificar su cultura, su religión o sus tradiciones, pero tampoco las nuestras. Se trata de “mejorarnos” recíprocamente, de irnos haciendo más personas y mejores ciudadanos.
b) Aprender del otro.
La presencia de inmigrantes diversifica y enriquece a la cultura del país de llegada. La diferencia es siempre positiva porque, aunque el cruce es fuente de conflictos, es también fuerza de avance. La diversidad es positiva porque evita los riesgos de la homogenización: lo que se cree puro conduce al etnocentrismo, a la imposición, al dominio del otro. La diversidad es positiva también porque la cultura es algo creativo: a más cultura, más ideas, más soluciones, más alternativas... ¿Qué sería de tantas manifestaciones artísticas, deportivas, literarias, de convivencia diaria y de transformación de valores, etc. si excluimos la aportación de los extranjeros?... Aprendemos del otro cuando nos situamos a nivel de igualdad y de respeto, sin dividir en culturas-pueblos-dominantes y culturas-pueblos-dominados. Porque entonces sucede lo que escribe Eduardo Galeano:
LOS NADIES
Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folclore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número”.
b) Descentrarnos y cuestionar nuestros propios esquemas.
Los inmigrantes nos complementan con sus propios valores, si sabemos descentrarnos de nuestros propios esquemas. Cuando nos ponemos en relación abierta con ellos percibimos valores tan fundamentales como: el sentido de la familia, el respeto a los ancianos, la solidaridad y hospitalidad, el sentido religioso abarcante de toda la vida, la importancia de la relación personal, la alegría aún viviendo con poco, el amor a sus raíces, el sacrificio y el esfuerzo por los suyos, etc.
Algunos de esos valores estaban presentes entre nosotros y los perdimos; otros se van debilitando paulatinamente por culpa de la uniformidad que nos impone la modernidad, la sociedad de consumo y la exigencia utilitarista. Vamos siendo seres unidimensionales: tener para consumir, o sea, todos iguales para necesitar todos lo mismo y todos comprar lo mismo en todo el mundo.
¿No tendríamos que recuperar algunas dimensiones de valores que ya hemos perdido o estamos a punto de olvidarlos por completo?... ¿No habremos dejado algo importante en el camino del progreso moderno y tendremos que volver a buscarlo?... ¿Tan orgullosos y satisfechos nos sentimos con nuestra propia civilización que no tenemos nada que enmendar o que aprender de otros?...
c) Profetismo y denuncia social de la injusticia.
Una gran parte de los inmigrantes que nos llegan proceden del Tercer Mundo, es decir, son personas y grupos empobrecidos. Junto a tantos otros colectivos marginados y excluidos, su presencia nos sirve para tomar mayor conciencia de las estructuras injustas que rigen las relaciones económicas y de convivencia social. Nuestra fe cristiana no puede consentir –ni mucho menos justificar- situaciones que se oponen radicalmente a los deseos de Dios.
La inmigración es para nosotros un reto para reavivar el profetismo de nuestras iglesias y grupos cristianos, para reconocer el paso de Dios entre nosotros vestido de marginado y de emigrante (Mateo 25). Dios llama a nuestras puertas para poder entrar. Llama a las puertas de nuestros países enriquecidos para que sepamos abrirlas a los extranjeros que quieren trabajar aquí. Sin embargo, la respuesta estructural, “razonable” y oficial es cerrárselas más todavía. ¿Los cristianos y nuestras iglesias vamos a estar callados y pasivos?...
Si queremos ser consecuentes con nuestra fe cristiana, estamos llamados a trabajar por un cambio social en profundidad, con posturas más atrevidas y lúcidas. Asumir compromisos como iglesias ante la inmigración nos lleva a trabajar conjuntamente y en cosas muy concretas con aquellas organizaciones que ya están en la tarea desde hace tiempo. Aunque es justo reconocer que la Iglesia española ha ido tomando posiciones bastante claras a favor de los derechos de los inmigrantes y que un alto porcentaje de organizaciones pro-inmigrantes son grupos cristianos o promovidos en su origen por cristianos. Pero es preciso avanzar mucho más, porque las situaciones legales y reales de exclusión de los inmigrantes aumentan en lugar de disminuir.
d) Si no cambiamos de dirección, no hay salida.
Nuestra relación cristiana con los inmigrantes no puede reducirse a realizar una tarea socio-benéfico-asistencial, por muy necesaria y urgente que ésta sea tantas veces. Si lo hacemos así, nos quedaremos en la acción paternalista de quienes se creen superiores a los demás y sólo se limitan a dar, a ayudar al otro, mientras yo quedo intacto, nada cambia en mí. Las situaciones de pobreza, de explotación, de exclusión social, la división norte-sur, etc. son llamadas a convertirnos, es decir, a cambiar nuestras maneras de pensar y de vivir, a revisar nuestra vida personal, a reducir nuestros niveles de consumo (muchas veces de despilfarro), a revisar nuestras solidaridades, a saber trabajar organizados para ir cambiando tales situaciones en la medida de nuestras posibilidades.
e) Comunidades cristianas abiertas, cálidas, acogedoras.
Las iglesias, comunidades y grupos cristianos debemos ser sensibles a la justicia y definirnos clara y públicamente siempre que sea necesario a favor de los inmigrantes cuando se violen sus derechos. Pero, al mismo tiempo, deben ser también lugares donde se demuestre la acogida y la gratuidad, sin discriminar a nadie, donde la persona extranjera pueda sentirse reconocida y no “extraña”. Que los inmigrantes cristianos puedan reconocer en nosotros la misma fe y tener la suficiente libertad para compartir su original y propia expresión de su fe en igualdad de derechos dentro de nuestras comunidades. ¿Qué hacemos para que nuestra parroquias y organizaciones eclesiales estén abiertas y salgan a la búsqueda de estos otros hermanos que nos han llegado, para sostener su fe y no se derrumben ante las situaciones tan duras que soportan casi siempre?...
f) Algunas sugerencias concretas:
4.- EPÍLOGO: UN CUENTO DE NAVIDAD
“NO QUEREMOS EXTRANJEROS”
Era la noche de Navidad y en todas las casas se disponían las familias para celebrar la Nochebuena. De pronto, en el silencio nocturno, se oyó un fuerte ruido en la calle. Algunas personas se asomaron con miedo a sus ventanas y vieron a un grupo de hombres encapuchados que habían tirado varios adoquines contra el escaparate de un bazar y pintaban con una brocha en la pared: “¡Fuera extranjeros!”.... “España para los españoles”... El bazar era propiedad de un inmigrante marroquí, que se había instalado en el barrio siete años atrás y vivía en un piso cercano con su mujer y tres hijos que estudiaban en el colegio de aquella barriada.
La gente, muy asustada, corrió las cortinas o cerró sus ventanas. Al poco rato, siguieron con sus preparativos de la cena de Navidad. Nadie se atrevió a llamar a la policía. Los asaltantes se marcharon tan tranquilos y con grandes risotadas.
Al poco rato, dentro de la tienda se oyeron algunas voces: “¡Vámonos a nuestra tierra!”... “Pero ¿te has vuelto loco? ¿Cómo nos vamos a ir?”... “¿Es que no te das cuenta que aquí no nos quieren?... Ea, vámonos ahora mismo”.
Y el bazar empezó a bullir como si fuese un hormiguero. El café se marchó enseguida para Colombia y Brasil de donde habían venido hace muchisimos años. El té cogió un vuelo charter para la India, Camerún y Ruanda. Los collares de diamantes sacaron vuelo para Sudáfrica, Sierra Leona y el Congo. Todas las cosas de oro se fueron muy irritadas también a muchos países africanos. El chocolate se quedó vacío porque el cacao y los cacahuetes se marcharon a Guinea. Las telas de algodón prepararon su pasaporte para Egipto y las de seda para China. Toda la ropa vaquera se largó a EE.UU.
La carne, muy enojada, hizo sus maletas para Argentina y las bananas para Guatemala, Colombia y Nicaragua. El maíz y las patatas se repartieron por todos los países de Latinoamérica, donde habían nacido sus tatarabuelos. El cobre se fue a Chile y el níquel a Nigeria... Y así, poco a poco, cada cosa se marchó a su país de origen. El bazar se iba quedando casi vacío.
La gente del barrio volvió a asomarse a sus ventanas al sentir tanto movimiento en la calle de extranjeros que se largaban tan enfadados. Se reían de ellos y se encogían de hombros diciendo: “!Bueno, que se vayan! Aquí tenemos de sobra y nuestras fábricas producen de todo”...
En ese mismo momento, el fuego de sus cocinas se apagó: la comida se estropeó y sus hornos dejaron crudo el pavo, pues el gas se marchó volando a Argelia. Así que tuvieron que pedir urgentemente en todos los hogares una tele-pizza, pero les contestaron que el servicio había quebrado: ¡todas las pizzas se habían ido a Italia sin avisar!
Dispuestas a no quedarse sin la cena navideña, muchas familias cogieron sus coches para ir a algún restaurante que quedase abierto, pero... ¡no había gasolina en sus depósitos ni en las estaciones de servicio!... El petróleo se fue a Venezuela, a Irak y al Golfo Pérsico. Además, los coches habían quedado hechos una birria: el caucho de las ruedas también se había ido a su país y las carrocerías parecían de chicle, pues el aluminio, el hierro, el plástico, etc. ya no estaban tampoco.
¡Vaya Navidad!... Casi desesperados, con mucha hambre y aburridos, unos conectaron el ordenador para pasar el tiempo con un video-juego; otros marcaron mensajes en sus teléfonos móviles. Pero tampoco pudieron hacerlo: nadie sabía que tales mecanismos funcionan con un mineral llamado coltán, que fue el primero en irse al Congo, de donde lo habían traído recientemente. Además, estos utensilios tan modernos ya habían reservado billete para Japón, Taiwan y Tailandia.
“!Bueno, no pasa nada! Encendamos la chimenea de leña y cantemos “Noche de Paz”... se dijeron unos a otros para animarse. Mas ni siquiera eso pudieron cantar: el villancico habia regresado a Austria a vivir en la casa de su compositor. Entonces, aquella gente de aquel barrio miró con lágrimas de arrepentimiento la pintada en la pared del bazar: “!Fuera extranjeros”... y pensaron que no debieron haber permitido a aquellos brutos hacer tal barbaridad.
BIBLIOGRAFÍA
Comentarios